Crónica de la visita de Claudia Sheinbaum y la entrega de viviendas del Bienestar

Maricela Allende

La tarde en San José Chiapa transcurría distinta. Desde temprano, el murmullo de la gente comenzaba a tomar forma, risas discretas, miradas aun incrédulas, porras y un aire de expectativa que se sentía en cada rincón del nuevo conjunto habitacional. No era un día cualquiera: la llegada de la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo marcaba un momento simbólico para cientos de familias que, por primera vez, estaban a punto de recibir algo más que un techo: un hogar.

El acto inició con la formalidad protocolaria, pero también con un tono cercano. Uno a uno fue nombrados los integrantes del presídium: el gobernador Alejandro Armenta Mier, la secretaria Edna Elena Vega Rangel, el director del ISSSTE Martí Batres Guadarrama, así como funcionarios y beneficiarias de distintos programas de vivienda. Los nombres resonaban entre el público, pero lo que realmente vibraba era la emoción colectiva.

Cuando el gobernador tomó la palabra, su mensaje fue directo. Habló de una Puebla que —según dijo— había sido relegada en el pasado, de tierras que no habían sido aprovechadas para su gente. Pero ahora, insistió, las cosas eran distintas. La visita presidencial no era solo protocolaria, era —en su narrativa— una señal de cumplimiento.

 

Mientras hablaba, el ambiente se transformaba. La gente no se limitaba a escuchar; respondía como si se tratara de una sola voz, comenzaron los gritos:

—¡Presidenta, presidenta, presidenta!

El eco se propagó entre los edificios nuevos y que aún les faltan por terminar. Las consignas no se detenían:

—¡Claudia, te queremos con todo el corazón!

—¡Tu trabajo se ve, se siente!

En esas palabras había algo más que entusiasmo político; para muchos, era la expresión de una esperanza concreta.

Después vino el turno de Rodrigo Chávez Contreras, quien habló ya no desde la emoción, sino desde las cifras y los alcances. Su discurso dibujó la dimensión del proyecto: millones de viviendas proyectadas, miles ya en marcha, créditos sin intereses y modelos pensados —según explicó— para quienes históricamente habían quedado fuera.

Pero más allá de los números, hubo un momento que cambió el tono. Al referirse a las 240 viviendas entregadas este día. No habló de metros cuadrados ni de financiamiento. Habló de hijos creciendo, de proyectos de vida echando raíces, de la tranquilidad de cerrar una puerta propia al final del día.

Ahí, por un instante, el discurso institucional se volvió humano.

La secretaria Edna Elena Vega Rangel reforzó esa idea. Su intervención fue más cálida, más cercana a la gente. Recalcó que la vivienda dejaba de ser un privilegio para convertirse en un derecho. Y aunque también habló de inversiones millonarias y miles de beneficiarios, su énfasis

estuvo en algo más simple: que este tipo de actos representan un cambio que ya no es promesa, sino un proceso en marcha.

El público escuchaba, algunos atentos, otros simplemente dejándose llevar por el momento. Porque para muchos de ellos, las cifras importaban menos que las llaves que estaban por recibir y que abrirían su nuevo hogar.

Y entonces llegó uno de los momentos más esperados.

Una beneficiaria tomó el micrófono.

Su voz, ligeramente temblorosa, contrastaba completamente con la seguridad de los discursos anteriores. No había cifras, no había estructura política. Solo emoción, de esa que no cabe en el pecho.

—Yo nunca pensé que este sueño se iba a hacer realidad…

El silencio que se generó fue distinto. No era el silencio de protocolo, sino el de quien reconoce en esas palabras algo propio.

El público no se hizo esperar, otra vez, surgió la respuesta:

—¡Es un honor estar con Claudia hoy!

La escena ya no era solo un evento oficial. Era una historia compartida entre quienes hablaban desde el poder y quienes escuchaban desde la esperanza.

Y entonces, finalmente, llegó el momento más esperado: el mensaje de la presidenta.

El aplauso fue inmediato, la algarabía, largo, un poco ensordecedor.

Pero esa… es otra parte de la historia.

La voz de la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo no era rígida ni distante. Caminaba entre lo institucional y lo cotidiano, entre la política pública y la vida misma. Y de pronto, el discurso tomó un giro inesperado.

—¿Pero qué tiene de malo ser vieja? Nada. Al contrario, es un orgullo…

Esa frase arrancó risas y aplausos. Ya no era solo la jefa del Ejecutivo hablando desde el templete; era una mujer reconociéndose en otras mujeres. Confesó su edad —63 años, a punto de cumplir 64— y lo hizo con una naturalidad que rompía con ese silencio incomodo que muchas veces rodea el envejecimiento femenino.

En el público, muchas mujeres se miraban entre sí asombradas por el comentario tan acertado de la presidenta. Algunas sonreían. Otras asentían con la cabeza. Había identificación.

La presidenta continuó hablando de lo cotidiano, de hijos que crecen, de vidas que cambian. De ese momento en el que, después de haber dado todo, pocas veces alguien reconoce ese trabajo invisible. Y entonces, explicó, nació la pensión Mujeres Bienestar: como una forma —dijo— de hacer visible lo que durante años no se nombró.

 

El discurso avanzaba entre programas, cifras y promesas cumplidas: becas para estudiantes, apoyos para útiles escolares, el programa Salud Casa por Casa. Todo fluía con una narrativa clara, casi pedagógica.

Pero entonces, algo interrumpió la escena.

Desde fuera del perímetro del evento comenzaron a escucharse gritos. No eran consignas de apoyo. Eran voces inconformes.

—¡No a la recicladora!

—¡No te queremos!

El murmullo creció. Por un momento, la atención se dividió. Algunos volteaban hacia el origen del ruido aunque no todos alcanzaban a ver. Otros permanecían atentos al templete.

La presidenta hizo una pausa y la mayoría guardo silencio.

No ignoró la protesta.

Se dirigió hacia ese punto invisible para muchos, pero presente en el ambiente.

—¿Qué prefieren? ¿Un basurero a cielo abierto o una recicladora de basura limpia?

La pregunta quedó suspendida unos segundos. No buscaba solo respuesta, buscaba control del momento. Aseguró que nadie sería despojado de sus tierras, que el proyecto sería consensuado. Luego llevó la situación al terreno que mejor domina: el de la mayoría.

Pidió una votación a mano alzada. ¿Continuar con el evento o ceder el micrófono a los manifestantes?

Las manos se levantaron. La mayoría decidió seguir.

—La democracia es la mayoría —sentenció.

El evento retomó su curso, pero el episodio dejó una breve grieta en la narrativa. Un recordatorio de que, incluso en actos de celebración existen tensiones que no desaparecen.

Sheinbaum continuó.

Habló del programa Salud Casa por Casa, de enfermeras recorriendo el país, de enfermedades que pueden prevenirse si se atienden a tiempo. Después, cambió nuevamente de registro: educación.

Mencionó nuevas preparatorias, universidades, espacios para jóvenes. Y entonces, trajo al presente un nombre del pasado: Margarita Maza.

Lo hizo con una intención clara: recuperar la memoria histórica desde las mujeres. Contó cómo, durante la intervención francesa, Margarita representó a México en el extranjero. No como figura decorativa, sino como diplomática en tiempos adversos.

—Por eso este es el año de Margarita Maza —dijo.

El discurso seguía tejiéndose entre historia, política social y narrativa de transformación.

Luego volvió al eje central del evento: la vivienda.

Habló de créditos impagables heredados del pasado, de deudas que crecían sin sentido. De personas que habían pagado dos veces su casa y aún debían más. Lo dijo con énfasis, casi con indignación.

—¿Cómo va a ser justo eso?

Las cifras que siguieron eran contundentes: millones de familias beneficiadas con reducción o cancelación de deudas. Nuevas reglas y más accesibles. Créditos sin intereses. Sorteos para asignar viviendas cuando la demanda supera la oferta.

Cada dato parecía buscar un mismo objetivo: sostener la idea de que el acceso a la vivienda ya no es privilegio, sino derecho.

Y entonces, como si todo el discurso hubiera sido una escalera, llegó al punto más alto:

—El acceso a la educación es un derecho.

—El acceso a la salud es un derecho.

—El acceso a la vivienda es un derecho.

Cada frase era seguida por aplausos.

El cierre no fue técnico ni administrativo. Fue casi ideológico.

Habló de algo más amplio: la felicidad del pueblo de México. Una idea que, dijo, viene desde la lucha de José María Morelos y Pavón y que hoy —en su visión— sigue siendo el objetivo.

Para entonces, el ambiente ya no era solo de celebración. Era también de convicción compartida… al menos para quienes estaban ahí.

A lo lejos, el eco de la protesta se había diluido.

Pero no desaparecido.

 

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