El que no llegará… Y lo que nos contaron mal

En Línea Deportiva
Pepe Hanan

Amigo lector, vaya situación la que se presenta a las puertas de una Copa del Mundo y con Rafa Márquez en el centro de una discusión que, tarde o temprano, tenía que llegar.

Como usted recordará, cuando Juan Carlos Rodríguez, “La Bomba”, se encontraba al frente de la estructura del fútbol mexicano, trascendió la idea de que Rafa sería el hombre encargado de encabezar el ciclo mundialista rumbo a 2030. Una especie de sucesión pactada que muchos dieron por sentada.

Sin embargo, aquí es donde debemos detenernos y hacer una precisión fundamental.

Una cosa es ser entrenador.

Otra muy distinta es ser seleccionador nacional.

Y aunque muchas veces ambos conceptos se utilizan como sinónimos, en realidad representan responsabilidades completamente diferentes.

En entregas anteriores le comenté que existe una enorme diferencia entre un formador, un entrenador y un seleccionador.

Cada uno requiere habilidades distintas y un grado de experiencia específico.

Hoy sostengo lo mismo.

Rafa Márquez aún no es un seleccionador nacional.

Apenas se encuentra construyendo su trayectoria como entrenador.

Su experiencia profesional en los banquillos se ha desarrollado principalmente en categorías formativas, primero en el Real Alcalá Cadete A y posteriormente en el Barcelona Atlètic.

Es una experiencia valiosa, sin duda, pero orientada a la formación de futbolistas jóvenes.

El salto que existe entre dirigir divisiones inferiores y encabezar una selección nacional en un ciclo mundialista es gigantesco.

No estamos hablando de un escalón.

Estamos hablando de un abismo.

Un seleccionador nacional no solamente debe entrenar. Debe administrar egos, construir liderazgos, gestionar presiones políticas y relacionarse con directivos, medios de comunicación, patrocinadores y aficiones enteras que depositan sus expectativas en un proyecto de cuatro años.

Por eso, desde noviembre pasado, personas cercanas a la cúpula de la Asamblea de Dueños me compartieron una información que, en aquel momento, generó incredulidad.

La promesa realizada por “La Bomba” no sería respetada.

La información se publicó con muchos meses de anticipación precisamente para evitar que el tema explotara a las puertas del Mundial y se convirtiera en un factor de desestabilización dentro del grupo.

En aquel momento, pocos quisieron validarla.

Algunos incluso la desestimaron.

Sin embargo, el tiempo ha comenzado a acomodar las piezas.

Mi fuente fue contundente:

“Rafa Márquez no será el próximo seleccionador nacional rumbo a 2030”.

Y agregó un nombre que entonces parecía lejano:

“Antonio Mohamed será el elegido para encabezar el siguiente ciclo mundialista”.

Duro.

Muy duro para Rafa.

Pero también podría terminar siendo lo mejor para su carrera.

Porque una cosa es ser una leyenda dentro de la cancha y otra muy distinta construir una carrera sólida desde el banquillo.

El tiempo dirá si esta decisión termina siendo acertada.

Lo cierto es que la historia del fútbol mexicano nos demuestra que llegar a una Copa del Mundo como seleccionador es mucho más difícil de lo que parece.

Desde 1970 a la fecha, dieciséis entrenadores iniciaron procesos mundialistas con la ilusión de dirigir el siguiente Mundial y, sin embargo, naufragaron en el camino.

Algunos fueron víctimas de malos resultados.

Otros, de decisiones políticas.

Otros más, de cambios de rumbo dentro de la propia estructura federativa.

La lista es larga y demuestra la enorme inestabilidad que históricamente ha acompañado al banquillo nacional.

Le expongo los nombres:

– Ingeniero de la Torre.
– Raúl Cárdenas (segunda etapa).
– Mario Velarde.
– Alberto Guerra.
– Manuel Lapuente (primera etapa).
– César Luis Menotti.
– Miguel Mejía Barón (siguiente Mundial).
– Bora Milutinović (segunda etapa).
– Enrique Meza.
– Hugo Sánchez.
– Sven-Göran Eriksson.
– José Manuel de la Torre.
– Víctor Manuel Vucetich.
– Miguel Herrera (siguiente Mundial).
– Diego Cocca.
– Jaime Lozano.

Dieciséis nombres.

Dieciséis historias distintas.

Dieciséis proyectos que quedaron inconclusos.

Una verdadera tragedia profesional para técnicos que llegaron respaldados por una trayectoria y un prestigio que terminaron quedándose a mitad del camino.

De todos ellos, quizá el caso que sigo considerando más injusto es el de Hugo Sánchez.

Fue juzgado principalmente por los resultados de la selección olímpica y no por los de la selección mayor.

Y desde entonces no ha vuelto a recibir una oportunidad comparable.

Ahora bien, ¿qué debe tener un verdadero seleccionador nacional?

Para un servidor, al menos las siguientes características:

* Liderazgo y manejo de grupo.
* Planeación, adaptación y capacidad de reacción.
* Inteligencia emocional.
* Manejo de presión.
* Conocimiento profundo del entorno nacional e internacional.
* Comunicación estratégica.
* Relación eficaz con los medios.
* Experiencia ganando campeonatos.

La pregunta es inevitable.

¿Rafa Márquez reúne hoy todas esas condiciones al máximo nivel?

Mi respuesta es no.

No porque carezca de capacidad.

Sino porque aún se encuentra construyendo esa experiencia.

Y no se equivoque quien pretenda compararlo con Lionel Scaloni.

Detrás del éxito argentino en Qatar 2022 existía una estructura mucho más compleja de lo que muchos creen.

La influencia de César Luis Menotti como director de selecciones fue determinante durante buena parte del proceso.

Había método.

Había planeación.

Había seguimiento.

Había acompañamiento permanente.

Nada quedaba al azar.

Y precisamente por eso Argentina terminó levantando la Copa del Mundo.

Pero cambiando de tema, aunque sin abandonar la manera en que solemos reinterpretar nuestra propia historia futbolística, quiero referirme a la producción México 86 de Netflix.

Y debo decirlo con claridad.

Qué enorme decepción.

Nos vendieron una historia que prometía explicar cómo México consiguió organizar una segunda Copa del Mundo y terminó ofreciendo una versión profundamente superficial de personajes fundamentales para entender aquella época.

Lo más grave, a mi juicio, es el tratamiento otorgado a don Guillermo Cañedo de la Bárcena.

Presentarlo como una figura envejecida, dubitativa y carente de iniciativa resulta profundamente injusto para quien fue uno de los grandes arquitectos del crecimiento institucional del fútbol mexicano.

Quienes conocieron aquella época saben perfectamente que la realidad fue muy distinta.

Don Guillermo fue un dirigente influyente, respetado y decisivo.

Reducir su legado de esa manera es una distorsión histórica.

Lo mismo ocurre con el tratamiento dado a Hugo Sánchez y a varios integrantes de aquella generación.

La representación de futbolistas sin convicción, sin carácter y sin sentido de pertenencia termina alejándose de lo que realmente significó aquel grupo.

Y finalmente llegamos a la escena que más me llamó la atención.

El enfrentamiento entre el personaje interpretado por Diego Luna y Emilio Azcárraga Milmo.

Una escena diseñada para generar impacto dramático, pero que termina sacrificando credibilidad histórica.

Más allá de simpatías o diferencias, Azcárraga Milmo fue una de las figuras más influyentes en el desarrollo empresarial y mediático del fútbol mexicano.

Presentar ciertas escenas bajo una lógica de confrontación simplificada termina empobreciendo una historia que merecía mucha más profundidad.

Y es precisamente ahí donde la serie pierde una gran oportunidad.

Porque la historia real del fútbol mexicano está llena de claroscuros, contradicciones, aciertos y errores.

No necesita caricaturas.

Necesita contexto.

Necesita rigor.

Necesita memoria.

Porque, nos guste o no, muchas de las figuras que ayudaron a construir el fútbol mexicano moderno tuvieron virtudes y defectos.

Pero también dejaron una huella imposible de ignorar.

Por eso, cuando se cuenta la historia, la responsabilidad debe ser proporcional a la importancia de los personajes involucrados.

Y en este caso, amigo lector, me parece que esa responsabilidad quedó muy lejos de cumplirse.

Finalmente, una vez más se confirma aquel viejo dicho:

“EL CAMINO AL INFIERNO ESTÁ EMPEDRADO DE MALAGRADECIDOS”

Lástima, Diego Luna…

¡ERA TUYA… Y LA DEJASTE IR!

Nosotros, como siempre, seguiremos en línea.

Hasta la próxima.

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