
Excélsior
Se borraron los colores. Las playeras de los aficionados de Pumas y Cruz Azul desaparecieron debajo de capas transparentes, impermeables baratos y bolsas negras convertidas en refugio improvisado.
Tres horas antes de la final, el cielo se desplomó sobre el sur de la Ciudad de México y transformó la previa de la final en una carrera contra la lluvia.
Miles de aficionados habían llegado temprano con la intención de entrar sin prisas, encontrar estacionamiento o vivir desde antes el ambiente de una noche histórica. Pero el aguacero cambió el guion. Las filas rumbo al estadio comenzaron a desviarse hacia cualquier puesto ambulante donde alguien levantara impermeables como si fueran boletos de salvación.
“¡El de 50, el grueso en 100!”, gritaban vendedores que encontraron en la tormenta el negocio perfecto. En minutos, los alrededores dejaron de oler a humo de antojitos y cerveza para mezclarse con el aroma húmedo del pavimento recién golpeado por la lluvia.
Algunos aficionados intentaron resistir cubriéndose con banderas. Otros acabaron completamente empapados, con los tenis hundidos en los charcos que reflejaban las luces de patrullas y puestos callejeros.
Había familias enteras refugiadas debajo de un solo paraguas y grupos cantando mientras el agua les escurría por la cara.
Por un instante, la final dejó de dividir colores. La lluvia volvió iguales a todos. El azul y el dorado quedaron escondidos debajo del plástico, pero no desapareció la emoción. La tormenta sólo se convirtió en otra escala antes de entrar al estadio y esperar el partido más importante del torneo.
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