Abelardo Domínguez
El pasado jueves, a las 9:30 de la mañana, la comunidad de San Juan despertó con una herida abierta: la capilla fue víctima de un robo descarado. Se llevaron una escalera, una lona azul de gran tamaño y, lo más doloroso, las vinajeras utilizadas en la celebración eucarística. No fue solo un acto de rapiña, fue una afrenta directa a la fe, a la memoria colectiva y al respeto por lo que representa lo sagrado.

Las ratas —porque no hay otro nombre que les quede mejor— se metieron a plena luz del día, con la impunidad que da la costumbre de que nadie ve, nadie denuncia, nadie actúa. Pero esta vez, sí vimos. Y no podemos quedarnos callados.
Este robo no solo despoja objetos materiales; despoja confianza, vulnera el alma de una comunidad que ha construido su templo con esfuerzo, devoción y cariño. ¿Qué tipo de sociedad estamos permitiendo cuando hasta los espacios de oración son saqueados sin pudor?
La capilla de San Juan no es solo un edificio: es testigo de bautizos, despedidas, promesas y silencios compartidos. Robarla es robarnos a todos.

Es momento de alzar la voz, de exigir respeto y de cuidar lo nuestro. Porque cuando se roban lo sagrado, lo que está en juego no es solo una escalera o unas vinajeras: es el tejido mismo de nuestra comunidad.
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