Entrevista a Susan Sarandon.
Por José Luis Ortiz Güell
La alfombra roja de los Goya brilla con un murmullo de expectación. El aire, cargado de *glamour* y flashes, se queda quieto por un instante cuando ella aparece. Susan Sarandon, con su juventud de 79 años, no camina: se desliza. No sonríe: irradia. Tiene en sus ojos la serenidad de quien ha visto pasar varias vidas y la chispa de quien aún no ha terminado con esta. Hoy recibe el Goya Internacional, un galardón que, según la Academia de Cine, reconoce “la combinación perfecta entre talento y éxito profesional, glamour, y compromiso social y político”. Pero lo que la Academia honra esta noche es algo más profundo que una filmografía legendaria. Es la constancia de un corazón que late, sin temblor, al ritmo de sus propias convicciones, sin importar el precio.
La entrevista ocurre en un remanso de silencio, lejos del bullicio de la gala. El premio, una escultura de bronce que representa a Francisco de Goya, descansa sobre la mesa entre nosotros.
- ¿Siente que este premio es, de alguna manera, un abrazo después de un tiempo complejo?.
Ella sostiene la mirada. No hay rastro de amargura, solo una lucidez tersa y responde con una brillante lucidez: “Ser utilizada como ejemplo de lo que no hay que hacer si quieres seguir trabajando… es una etiqueta pesada”, dice, refiriéndose a las consecuencias de sus declaraciones sobre el conflicto en Gaza en 2023, que llevaron a su agencia a rescindir su contrato. “Pero prefiero ese peso al de la complicidad silenciosa. Me inspiré en aquellos que creen lo suficiente en la posibilidad de un mundo mejor como para alzar la voz”.
Su filmografía es un mapa de esa misma valentía. Desde la liberación sexual de Janet en *The Rocky Horror Picture Show* hasta la ira feminista de Louise en *Thelma & Louise* y la compasión radical de la hermana Helen Prejean en *Pena de muerte*, papel que le valió el Óscar, sus personajes han sido mujeres que rompen moldes. “El cine me dio una voz. Sería una traición no usarla para lo que creo correcto”, afirma.
La conversación deriva hacia lo personal. Su vida sentimental, tan pública como su activismo, ha sido un testimonio de libertad. Desde su primer matrimonio con Chris Sarandon, cuyo apellido conserva, hasta su larga relación con Tim Robbins (padre de sus dos hijos menores) y su posterior apertura sobre su bisexualidad.
2-¿Cómo se construye una resiliencia así?”, indago.
“Con verdades”, responde sin dudar. “Verdades incómodas, a veces. Crié a mis hijos con la idea de que la autenticidad es el único lujo real. Fui la mayor de nueve hermanos, crecí en el catolicismo… eso te enseña sobre la comunidad, pero también sobre la necesidad de encontrar tu propia fe”.
Habla de la pérdida de amigos tras la polémica, pero también de haber encontrado “nuevas amigas… amigos y familiares empáticos y valientes”. En su relato, la soledad no es un vacío, sino un espacio que eligió llenar con coherencia.
Sobre el activismo y el futuro , la reflexión es clara. “El activismo no es una postura, es una consecuencia natural de estar viva y mirar a tu alrededor”, dice. Lo dice quien ha sido detenida protestando por la separación de familias migrantes y quien ha alzado la voz contra la violencia armada.
3-¿Qué le gustaría que recordaran de Susan Sarandon?
Ella piensa unos segundos, mientras afuera suena la ovación para otro premiado. “Que nunca confundí mi celebridad con mi valor, ni mi silencio con mi paz. Que elegí acompañar. A un condenado a muerte, a una causa impopular, a mis hijos, a mí misma. En el fondo, ese es el único trabajo que importa”.
Mirando atrás, ¿hay alguna verdad por la que pagó un precio especialmente doloroso, que hoy reconsideraría o expresaría de otro modo?, le pregunto:
Sus ojos se posan en el Goya sobre la mesa, pero su mirada parece estar en otro lugar. “Reconsiderar la verdad… qué pregunta tan interesante. ¿Sabes? Me han utilizado como ejemplo de lo que no hay que hacer si quieres seguir trabajando en este negocio. Perdí una agencia, algunos proyectos, y sí… también contacto con amigos y familiares. El precio fue, y sigue siendo, real.
Pero reconsiderar la verdad en sí misma… no. Mi error, el ‘terrible error’ del que hablé, fue el momento, quizás las palabras precisas en un discurso improvisado, no poder encontrar la fórmula que no hiriera a nadie en medio de tanto dolor. Eso me persigue. Pero el corazón de lo que decía, la urgencia de alzar la voz contra lo que uno ve como una injusticia… no, eso no lo reconsidero. Me inspiré en aquellos que creen lo suficiente en un mundo mejor como para hablar, y prefiero esa inspiración al silencio. El precio no es la prueba de que la verdad valía la pena… la prueba es que, a pesar del precio, las nuevas amistades que encuentras son empáticas y valientes, y te das cuenta de que no estás sola. El precio es solo la factura por no haber sido una espectadora pasiva de la vida.”
La conversación se convirtió especialmente en esos momentos que uno no puede olvidar y le pregunto “¿Hay algún gesto anónimo, fuera de los focos, que considere tan definitorio para ‘la persona que ha tratado de ser’ como cualquier discurso ante las cámaras?”
Susan Sarando con esa sonrisa cálida y genuina que le ilumina el rostro responde: “Los discursos son necesarios, pero se los lleva el viento. Lo que perdura… es el contacto. Recuerdo, hace años, en un estreno , una madre se me acercó. No era una fan, era una guerrera. Su hijo tenía una enfermedad rara. No quería una foto ni un autógrafo. Solo me tomó las manos y me miró. Sus ojos tenían un agotamiento que yo solo había fingido conocer. Me dijo: ‘Gracias por hacer que nos sintamos menos solos’. Y se fue.
En ese segundo no hubo actriz ni personaje. Solo dos mujeres en la trinchera del amor incondicional. Yo había interpretado el miedo y la rabia, pero ella *vivía* la esperanza. Eso te desarma por completo y te recuerda para qué sirve esto: para conectar, para dar voz a los que no la tienen, para decir ‘veo tu lucha’. Esos microsegundos de humanidad pura, sin cámaras, son los ladrillos con los que he tratado de construirme. Hoy, al recibir este premio, pienso en ella y en todas las personas anónimas que llevo tatuadas en el alma. Ellas son mi verdadera filmografía.”
La gala llega a su clímax. Cuando su nombre resuena en el auditorio, no se oye solo un aplauso. Se siente una descarga de respeto. Al subir al escenario, Sarandon no carga con el peso de un trofeo, sino con la ligereza de quien ha sido fiel a sí misma.
Pero la imagen que perdura, la verdaderamente emotiva, no es la de la actriz con la estatuilla sino la de esa mujer con la emotividad a flor de piel a punto de la lágrima .
El Goya Internacional 2026 ya tiene dueña. Pero el ejemplo de Susan Sarandon, la persona, pertenece a cualquiera que crea que una vida con principios es la única obra maestra que verdaderamente vale la pena crear.
Agradezco especialmente a mi joven amiga Nuria, que sin ella no hubiese podido realizar la entrevista pues ella además de compartir momentos de amistad después de años sin encontrarnos y muchas horas de conversación telefónica me ayudo a traducir la conversación. Gracias Nuria por hacer este sueño posible que sino de otra manera no hubiese sido posible.
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