México unió a un País que estaba en crisis gracias al Mundial

Leonardo Guzmán Hernández

Quizá no se cumplió el objetivo de alcanzar esos tan anhelados cuartos de final. Quizá, una vez más, un país entero se ilusionó más de lo que debía. Pero este Mundial fue diferente. Ser anfitrión por tercera ocasión en la historia hizo que México viviera algo que iba mucho más allá del futbol: durante tres semanas, una nación marcada por problemas sociales, división e incertidumbre encontró un motivo para volver a unirse.

Más de 130 millones de mexicanos compartieron una misma emoción. En familia, con amigos, en las calles, en las plazas y frente a un televisor, millones esperaban el silbatazo inicial con la ilusión de ver ganar a su selección. Volvieron las sonrisas, regresaron los festejos y renació ese sentimiento de pertenencia que pocas cosas son capaces de despertar. Nadie habría imaginado que un pato terminaría convirtiéndose en la mascota no oficial del país durante el torneo; nadie pensó que la gente celebraría bajo la lluvia, nadando en los charcos, o que la frase “¡Quiere volar, quiere volar!” se convertiría en parte de la identidad de esta Copa del Mundo para los mexicanos.

La Selección Mexicana llegó al Mundial rodeada de dudas, críticas y tropiezos. Muchos pensaban que sería otro fracaso más. Sin embargo, desde el partido inaugural en el Estadio Azteca se sintió una energía distinta. La victoria sobre Sudáfrica desató una auténtica fiesta nacional, con más de 100 mil personas celebrando en el Ángel de la Independencia. Una semana después llegó el triunfo sobre Corea del Sur y la euforia creció hasta reunir a más de 800 mil aficionados. Más tarde, la victoria frente a República Checa confirmó una fase de grupos histórica: nueve puntos de nueve posibles, tres triunfos y ni un solo gol recibido.

Entonces llegaron los dieciseisavos de final frente a Ecuador. Más de un millón de personas volvieron a reunirse en el Ángel para alentar a una selección que consiguió una victoria histórica al superar, por fin, una ronda de eliminación directa. Fue ahí cuando nació la frase que marcó este Mundial: “¿Y si sí?”. ¿Y si este era el año? ¿Y si realmente era posible? Por primera vez en mucho tiempo, México no solo soñaba, sino que creía.

El destino puso enfrente a Inglaterra, una de las grandes favoritas al título. Aunque el partido se disputó en el Estadio Azteca, no eran únicamente los más de 80 mil aficionados presentes los que empujaban al equipo, sino millones de mexicanos que soñaban con romper una barrera que durante décadas parecía imposible. Finalmente, Inglaterra se llevó la victoria, pero también quedó la imagen de un México que peleó hasta el último minuto, que mostró carácter, corazón y entrega. Jugadores que llegaron señalados por las críticas terminaron dejando el alma sobre la cancha, disputando cada balón como si fuera el último de sus carreras.

El objetivo deportivo no se alcanzó, pero esta selección consiguió algo que pocas generaciones habían logrado: devolvió la ilusión a un país entero. Nos recordó que siempre vale la pena creer, que los sueños solo tienen posibilidades de cumplirse cuando se persiguen sin miedo y que el fracaso nunca será motivo de vergüenza cuando se deja todo en el intento. Porque el verdadero legado de este Mundial no fueron únicamente los resultados, sino haber unido nuevamente a millones de mexicanos bajo una misma bandera.

Nadie sabe si algún día México levantará la Copa del Mundo. Lo que sí quedó demostrado es que, si alguna vez toca perder, debe hacerse como lo hizo esta generación: luchando hasta el final, dejando el corazón en cada jugada y haciendo que todo un país volviera a creer. Por eso, más allá del resultado, solo queda decir una palabra: gracias.

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