Héctor A. Gil Müller
El servicio Meteorológico Nacional, ha lanzado una alerta en la primera semana de julio sobre un fenómeno que impactará con 72 horas de lluvias masivas en la mayor parte del territorio mexicano. Ya lo han llamado como “Tormenta Negra”. Este fenómeno que presentará en algunos lugares tormentas eléctricas, chubascos, fuertes y leves lluvias es el resultado de ondas tropicales, circulaciones ciclónicas y condiciones atmosféricas. La conclusión del meteoro, mucha agua, en buena parte del territorio, por un largo tiempo. Combinación complicada, sin duda alguna, no para el campo mexicano, sino para la ciudad que a veces se olvida que no es mejor que el campo.
Aun y cuando las lluvias siempre han sido vistas como bendiciones agrícolas, agua que permite el sustento; la construcción de las ciudades, el poco reparo de los contextos hídricos y también la suposición que el agua proviene solamente del grifo, hace que las lluvias causen una serie de catástrofes en los lugares que han suplido las tierras por el asfalto y los cauces por los cimientos.
La alegría de las lluvias se oscurece por el temor a la incertidumbre de sus daños. La fuerza de las aguas, de las que dependemos, parecen reclamar espacios y lugares en los que la ley y el derecho ya no existen. Es difícil cuando lo mismo que nos alienta nos desalienta, lo que nos construye nos tumba, lo que nos abraza nos arroja. Las fuertes corrientes parecen limpiar la ciudad, cuando su cauce asi lo permite. No repara por carros, bardas, y trozos de concreto. Al final, cuando las aguas pasan dejan advertencia que en su camino destapó no solamente fallas, sino también corruptelas, descuidos y menosprecios. Una sola lluvia puede destruir el mas reacio de los orgullos.
Lluvia viene del latin “pluvia” cuya raiz significa fluir. Ella es capaz de refrescar un caluroso día, pero también de arrasar con sus fuertes corrientes. Su intensidad puede ser tan furiosa como la placidez que genera. Muchas culturas han divinizado el fenómeno y lo han sumado a una larga lista mitológica que nos iguala en todo el globo. Estas lluvias, que no se si serían las tardías de mayo o las tempranas de agosto, siguen prometiendo a la humanidad su sustento.
De niño, seguramente porque nunca sufrí sus males, la lluvia siempre me hacia sentir que venían cosas buenas, seguramente era una mezcla en la mente infantil del sosiego de estar en casa mientras llovía y la seguridad de salir a jugar cuando terminara. Con el paso de los años ahora pienso en mi jardín y en cada lluvia sé que el jardín se pondrá “bonito” pues no importa cuanto se le riegue con agua que hemos llamado “de la ciudad” como si se pudiese adjudicar solo por acercarla, nunca obtendrá el verdor que la lluvia le puede conceder. Las secadoras ya han suplido los tendederos que resultaba el apuro destructivo para muchos, los climas automáticos han cerrado las ventanas que antes angustiaban de haberlas dejado abiertas. Hoy pocos privilegios, aunque muchas comodidades, y entre ellos mojarse con la lluvia y reir por ello.
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