
UNO
No todos los asesinos seriales en la historia criminal de Estados Unidos son hombres. Y no todos tienen pinta de “me cruzo de vereda si lo veo en la calle”. Están, también, las que con una pinta de “abuelita dulce” se las ingenian para hacer de las suyas.
Este caso es el de Dorothea Puente la que luego sería llamada como “la patrona de la casa de la muerte”. Esta asesina serial tiene 9 asesinatos confirmados y sin lugar a dudas según la investigación policial, y al menos otros seis en su haber que jamás le pudieron probar.
¿Y cómo lo hacía? Tenía una pensión y sus víctimas fueron, en su mayoría, adultos mayores y personas con enfermedades mentales, o con problemas con la Justicia, a quienes les alquilaba habitaciones (a veces compartidas) y administraba sus cheques de seguridad social, dado que eran desempleados o jubilados.
Claro que a diferencia de otros asesinos que admitieron que gozaron con cada una de las muertes que provocaron, ella mantuvo que era inocente hasta su muerte aduciendo que todas las personas que habían fallecido en su propiedad habían muerto por “causas naturales”.
Su pinta de dulce “abuelita” llevó al jurado a quedar “estancado” durante su juicio no una, sino en dos oportunidades. Uno de esos estancamientos se debió al debate si la condenaban a muerte o si sólo la condenaban a cadena perpetua.
Y un dato no menor que sí coincide con la mayoría de los asesinos en serie: tuvo una infancia traumática y plagada de conflictos.
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