Alois Karl Hudal fue clave para facilitar el escape de los criminales de guerra tras la caída de Hitler. Cómo pensaba este religioso que odiaba a los judíos y al comunismo. Y la versión que indica que trabajó para Estados Unidos

Desde el terror: Alois Hudal, el hombre que creó la Ruta de las Ratas para la fuga de los nazis y fue doble agente

Alois Karl Hudal fue clave para facilitar el escape de los criminales de guerra tras la caída de Hitler. Cómo pensaba este religioso que odiaba a los judíos y al comunismo. Y la versión que indica que trabajó para Estados Unidos

Infobae 

En la foto lleva solideo, fajín, birreta, estola y algunas otras prendas y accesorios más. Esos implementos cuyos nombres sólo los sabe el protagonista de la foto, un experto en liturgias o el que acaba de googlear. Se lo ve imperial, papal. Pero llegó sólo hasta Obispo. Un obispo sin diócesis pero con influencia y poder en Roma. Nada mal para el hijo de un humilde zapatero austríaco.

Alois Karl Hudal no fue un religioso más. Su aporte a la historia no está dado por algún estudio teológico, por sus memorables homilías, por una actividad misionera ni por una muerte heroica que lo convirtió en mártir. Su lugar en la historia no está entre los grandes hombres, sino en la galería de los infames. El hombre clave para que criminales de masas pudieran transitar La Ruta de las Ratas para escapar de Europa.

Colaborador del horror

Hudal fue un pionero. Fue el primer funcionario religioso de jerarquía que, tras la Segunda Guerra Mundial, colaboró activa y decididamente para que los nazis pudieran escapar de Europa sin castigo y con identidades falsas.

En su foja de servicios, en su currículum, están las fugas de grandes jerarcas nazis de Europa hacia destinos más hospitalarios para sus pasados criminales, en especial hacia Argentina. Los nombres impresionan: Franz Stangl, comandante de Treblinka, el más atroz campo de exterminio; Gustav Wagner, comandante de Sobibor; Alois Brunner, responsable de las deportaciones masivas desde Eslovaquia y otros territorios; Erich Priebke, el de la masacre de las Fosas Ardeatinas, luego residente en Bariloche; y Adolf Eichmann, a cargo de la logística del Holocausto.

Alois Hudal, el prelado, fue un engranaje indispensable en La Ruta de las Ratas. El camino que los nazis recorrían en su fuga. Pero esa ruta era mucho más que un pasadizo que recorría gran parte del continente por el que los criminales de guerra se escabullían. Era un conglomerado de ayuda, dinero, personas, papeles falsos, complicidades y de países y de gobernantes que los esperaran con los brazos abiertos.

Hudal participaba en casi todas esas etapas, en cada estación de este recorrido.

La esperanza de los nazis fugitivos

Después de sus primeras intervenciones, su nombre se hizo conocido, se convirtió en la clave para los nazis que revoloteaban por las cloacas escapando a sus captores. El obispo, para utilizar un término religioso, era la esperanza.

La Ruta de las Ratas, pese a lo que pueda parecer a primera vista, no lleva ese nombre por que quienes la utilizaban. Aunque mereciera ser así, lo cierto es que el término tiene origen náutico. En un barco las Ratlines eran los trozos de cuerda colocados horizontalmente que forman una escalinata para llegar a lo más alto de un mástil. Los marineros más hábiles la subían con velocidad y se alejaban de un peligro inminente como un naufragio inevitable, un incendio o un abordaje pirata.

De ahí tomaron el nombre las rutas de escape (hubo varias) de los criminales nazis después de la Segunda Guerra Mundial hacia distintos lugares del mundo.

Para fugarse los nazis necesitaron ayuda, dinero, papeles falsos, complicidades y países y gobernantes que los esperaran con los brazos abiertos (algunos de esos países y sus funcionarios fueron muchísimo más permeables que otros).

La Ruta de las Ratas fue una red, un corredor de complicidad e impunidad conformado por religiosos, políticos, militares, pícaros e impunes a ambos lados del Atlántico.

La de Hudal fue la que después se conoció como la Ruta de los Monasterios. Los fugitivos paraban en diversos conventos y allí se escondían hasta pasar a la siguiente fase del plan. Ingresaban al país por el norte, después de atravesar los Alpes. Una vez en Italia, estos fugitivos privilegiados no se refugiaban en cualquier lado. Eran recibidos, sucesivamente, en el monasterio de la Orden teutónica del Tirol del Sur, en el convento capuchino de Bresanona, en los franciscanos de Merano y Bolsano. En cada uno de ellos se quedaban el tiempo necesario para pasar a la siguiente fase. A veces debían permanecer meses hasta que la agitación se calmara o hasta lograr en Roma el contacto adecuado para asegurar la impunidad. En la capital eran recibidos por Hudal que se encargaba de ellos. Hay que reconocer que el servicio del obispo era completo. Los cobijaba, los ocultaba, les conseguía los papeles, hacía seguimiento del trámite para que la Cruz Roja otorgara el documento definitivo, presionaba a las autoridades para resolver alguna cuestión puntual o detener una persecución, les daba dinero, conseguía el pasaje y hasta los despedía en el puerto antes de que el barco zarpara.

Hudal fue el primero montar este sistema. Después hubo otros que lo siguieron. El primer paso fue conseguir que lo nombraran a cargo de la Oficina de Refugiados del Vaticano. Este organismo otorgaba documentación que, en estos casos, validaba las identidades falsas creadas para que los criminales de guerra pudieran dejar Europa. Con ese documento se podían presentar ante la Cruz Roja para que les emitieran un pasaporte bajo ese nombre (validado por la Iglesia) y así poder salir de Italia hacia otro continente. Años después cuando la Cruz Roja fue señalada como parte necesaria de este complot, sus autoridades alegaron que la situación en ese momento era dramática, que lidiaron con más de 120.000 refugiados sin casa, que querían volver a su hogar y que era factible que algunos indeseables se hubieran filtrado. La Iglesia osciló entre el silencio y este tipo de explicaciones. Lo cierto es que el sistema y sus resultados fueron tan vastos (se calcula que los fugados fueron más de 10.000) que es imposible que tanto el Vaticano como la Cruz Roja no hayan tenido noticias de este contrabando de genocidas. Tampoco es que las máximas autoridades de ambas instituciones, el Papa entre ellos, desconocieran los movimientos de Hudal.

Cuando un funcionario de la Cruz Roja se negaba a otorgar el pasaporte, era visitado por el obispo Hudal, que con su poder lo persuadía.

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