Narrativa: La sinfonía en el pelón

Autor Bayardo Quinto Núñez

Bitácora de Futuro

Era costumbre inveterada, que en varias ocasiones por las noches durante pernoctaron, los hermanos Fernando y Edmundo, se iban a conversar a la orilla del río, cuando los demás dormían, en un sitio denominado “El Pelón”, lo disfrutaban al son de una hermosa sinfonía, que orquestaban: los pájaros, grillos, ranas, sapos, garrobos, toda clase de bichos, los notables silbidos del ulular del viento, el ruido acariciador del desplazamiento del agua del rio, que por su don natural enarbolaban la vida de futuro, desembocando en una danza sin final, pero si de regocijo espectacular. Era muy precioso.

Ese lunes del tiempo, eran las once y media de la noche, los demás dormían placenteramente, todo estaba en calma bajo ese cielo estrellado de esa época, presagiando luz, armonía y vida, paz. esperanza en el universo. Siempre les acompañaba el dueño de la hacienda don Edwin, una personaje muy educado, honorable.

Esa, notable noche, el cielo azabache, trasmitía un dardo sagaz, se veía la cruz del sur relampagueante, como que alguien apagaba y la encendía, cayendo sus hermosos rayos luces en la humanidad de los dialogantes noctámbulos y por supuesto yo siempre iba con ellos, pero en muchas ocasiones me quedaba dormido por el agotamiento. Ellos a veces se dormían a la orilla del río. Claro, no era un lugar desértico, pero si un refugio y esperanza que sirvió de mucho consuelo.

-Ve. Los quebrantos, las cosas buenas terminan, pero todo esto llegará a un final feliz, para muchos o pocos, yo desconfío de esos-le expresó en esa ocasión Fernando a su hermano Edmundo-.

-Por supuesto, se creen todos poderosos. Cimientos que florecen, sentimientos primordiales, a veces inciertos, y lo que creo, después del final, como a los perros nos darán de patada, a pesar que, a través de nosotros han obtenido toda la logística, pero que eso no nos quite el sueño-replicó Edmundo-.

-Pero, que eso no les martirice porque ustedes están haciendo lo justo, lo necesario, hay que dejárselo todo a Dios, un día éste se encargara, tarde que temprano, ya ves, yo presto mi hacienda peligran me jodan por apoyarlos-inquirió el dueño de la hacienda Edwin-.

-Nunca, se acaba de entender, lo impredecible, que mañana será y dirá la verdad, que puede ser las arterias mismas refunfuñó-Fernando-.

-Algo será, maestro, en la vida siempre suceden cosas anómalas, y buenas, pero como anda este mundo más anómalas que buenas-señaló Edwin-.

-Ni modo, así es la levadura de la vida proterva, oportunista, que a veces destruye y otras veces transforma a intereses personalísimos-respondió-Edmundo-.

-Aunque, en muchos de ellos, merodea el sentimiento noble, pero, hay que esperar, ya sabemos sus intenciones, ni modo, que eso no amilane, nosotros vamos hacia el ” el futuro”-inquirió Fernando-.

En ese momento, ya eran altas horas de la madrugada. a lo lejos se veía, se aproximaba un jeep, con sus luces apagadas, traía alimentos y medicinas y otros artefactos, eso no estancó la conversación, los amigos prosiguieron.

-Pero, con entrega consciente y honorable, sin delirio demos todo lo nuestro desde nuestras almas-adujo Edmundo-.

-Si. Todo está en calma, y si caminamos precisados, eso no significa que nuestro ser esté sediento-aclaró Fernando-.

Los hermanos, cada vez y cuando dialogaban sus cosas de visión de futuro, con el dueño de la hacienda Edwin, lo primordial en ellos, era la enorme conciencia y estima que tenían para desarrollar las cosas. Ese era un don de ellos. Así, discurrían, sus asuntos privados y muchos más, no hacían mal a nadie, sólo bondades, esa era una noble características de ellos.

En el “SITIO EL PELÓN”, ese día casi amanecía, se veía venir la aurora, un poco obscura con ciertos luceros, estrellitas. Los hermanos se enrumbaron hacia el río a darse una ducha, y don Edwin se fue a ver su ganado, y etc. Los demás despertaban de su noble sueño pelón. Esas conversaciones noctámbulas eran rutinarias, a veces yo participaba. Era una tertulia dialogante, como a escondidas, secreta, nadie más se enteraba, pero se palpaba un horizonte noble, una esperanza más que profunda repleta de mucha sinceridad y humanidad. Ellos fallecieron y la vida continuó y continúa el curso de su camino en presente y futuro, porque el pasado ya dejó de existir

Acerca del autor Bayardo Quinto Núñez, escritor nicaragüense

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