#REVISTAIBERO Educación y pandemia: crisis social, desigualdades y estragos

Por: Mtra. Sylvia Schmelkes, vicerrectora académica de la IBERO

· La Mtra. Sylvia Schmelkes vicerrectora académica de la IBERO, hace una reflexión sobre el impacto del coronavirus en el sector educativo

Los antecedentes

En México la pandemia se impone sobre una realidad educativa altamente desigual, en la que los grupos poblacionales menos beneficiados por la educación se identifican claramente: hijos e hijas de familias en condiciones de pobreza; niños, niñas y jóvenes rurales; niños, niñas y jóvenes indígenas, sobre todo los hablantes de lengua indígena; hijos e hijas de jornaleros agrícolas migrantes; niñas, niños y jóvenes trabajadores, y niños, niñas y jóvenes con alguna discapacidad. Son ellos los que menos acceso tienen a la educación, los que con más dificultades transitan a su interior, los que más desertan de la escuela y, lo más grave, los que menos aprenden en ella, a juzgar por los resultados de las pruebas estandarizadas de logro escolar.

La respuesta educativa

El confinamiento lleva a que el gobierno recurra a las tecnologías para intentar suplir la ausencia de instrucción. Esto no es propio de México: ha ocurrido en todo el mundo. En México, además del internet, se Educación y pandemia: crisis social, desigualdades y estragos educativos ha hecho uso de la televisión, para lo cual se logró el apoyo de la televisión privada. También se ha recurrido a la radio, sobre todo para atender en su lengua a poblaciones indígenas. Se han distribuido –con dificultades– los libros de texto gratuitos para el ciclo escolar en curso, y en algunos casos se han diseñado materiales especiales que también se distribuyen.

Por desgracia, precisamente los grupos poblacionales que mencionamos en el primer párrafo son quienes no tienen acceso a internet, en muchos casos tampoco a televisión o a radio. La OCDE indica que el 53% de los estudiantes de 15 años que se encontraban asistiendo a la escuela (que en 2016 representaban solamente el 62% de los jóvenes de 15 años; La Jornada, 2016) contaban con computadora en 2018, y que el 68% tenía acceso a internet (OCDE, 2019). Pero las diferencias en el acceso entre niveles socioeconómicos son entre las más grandes de los países de la OCDE: si dividimos a la población en cuatro, de acuerdo con indicadores socioeconómicos y culturales, sólo el 13% de los jóvenes del primer cuartil cuenta con computadora portátil o tablet, en tanto que cuenta con ella el 78% de los que pertenecen al cuartil 4. México es el país de América Latina de los que participan en PISA con mayor brecha digital.

De esta forma, la brecha digital se superpone a las desigualdades educativas preexistentes. Una política de atención a la emergencia que descansa fundamentalmente en la tecnología agrava y exacerba estas desigualdades. La encuesta ENCOVID-19, llevada a cabo por el Instituto de Investigaciones para el Desarrollo con Equidad (EQUIDE, 2020) de la Ibero, aplicada en el mes de mayo de 2020, encuentra que solamente el 60% de los estudiantes pudieron seguir las clases en línea del programa Aprende en Casa, debido fundamentalmente, pero no solamente, a esta realidad. Se suman a las dificultades para seguir las clases en línea el número de personas en casa que deben hacer uso del aparato disponible para estudiar o trabajar; la necesidad de trabajar ante la crisis económica que acompaña a la pandemia; y la ausencia de espacios propicios para llevar a cabo actividades de aprendizaje en casa. Además, la encuesta ENCOVID-19 ha encontrado situaciones de miedo, ansiedad y depresión entre los y las estudiantes. Estos factores también afectan mayormente a los más pobres.

Los daños educativos

Está habiendo y se está acumulando un déficit educativo que afecta más a los que de antemano se encontraban en una situación de bajo aprendizaje. La educación a distancia, sobre todo cuando se lleva a cabo por medios no interactivos, uniformiza el contenido y el ritmo de la enseñanza, que se impone sobre una realidad claramente diversa y heterogénea. El resultado es que se excluye a muchos de seguir el proceso y lograr aprendizajes. Esto afecta especialmente el desarrollo de habilidades, como de cálculo y de lectura y escritura, que necesariamente implican una secuenciación, pero que son fundacionales para todo aprendizaje.

Por la crisis económica está creciendo el trabajo infantil, sobre todo de los y las estudiantes mayores de 12 años –ya laboraban jornadas superiores a las 20 horas semanales 3.2 millones de niños, niñas y jóvenes de 5 a 17 años antes de la pandemia (INEE 2019). Habrá en consecuencia un aumento en la deserción escolar.

Todavía no conocemos la dimensión del impacto sobre la asistencia a la escuela, pues los datos con los que se cuenta de inscripción al nuevo ciclo no son confiables y nada nos dicen sobre el seguimiento efectivo de clases. Según ha informado la Secretaría de Educación Pública (SEP), los aprendizajes serán evaluados, posiblemente con consecuencias en una calificación o en una reprobación, lo que a su vez agrava la ya de por sí frágil “asistencia” y se convierte en una causa adicional a la deserción.

El magisterio está desmotivado. Si bien muchos maestros y maestras han tomado la iniciativa de estar en contacto personal con sus alumnos, a distancia o en persona, y muchos de ellos se encuentran elaborando materiales para favorecer el aprendizaje de sus alumnos y darles atención personalizada, esto no es algo que se haya favorecido desde la política educativa, que más bien ha prescindido de su agencia y simplemente instruye que estén al pendiente del avance de sus alumnos. Se hace necesario recuperar su protagonismo.

Son algunos de los daños. Serán duraderos. Entre más dure la pandemia, más se irán agravando, y más difícil será revertirlos.

La política educativa es una sola para todo el país. No se ha planteado la posibilidad de volver a la escuela ahí donde se pueda garantizar la seguridad de maestros y maestras, de alumnos y alumnas. En comunidades pequeñas, donde la sana distancia es posible, y donde la incidencia de casos es baja, se podría pensar en volver al aula cuando menos algunas horas, algunos días a la semana. Gradualmente podría irse aumentando la posibilidad de la presencia. Ahí donde menos acceso hay a las alternativas educativas que ofrece la tecnología, podrían estudiarse políticas diferenciadas. Sería una forma de asegurar mayor atención a quienes más lo necesitan.

El regreso

Plantear regresar ¿a la misma escuela? ¿Ésta que reproduce las desigualdades existentes, que no ofrece aprendizaje significativos a sus alumnos, que desprecia la cultura y la lengua propias de las culturas originarias, y que explica la profunda desigualdad educativa que es causa y consecuencia de la desigualdad social y económica de México? La crisis que estamos viviendo debiera ser ocasión para plantearnos una política educativa distinta, que comenzara por resarcir diferencialmente los estragos de la pandemia, que previera la recuperación de los desertores, que atendiera prioritariamente con mayores y mejores recursos, materiales y humanos, y con una atención diversa e integral, a quienes se encuentran en las condiciones más difíciles y para quienes la escuela es la única fuente de aprendizajes escolares.

Debiera ser ocasión para propiciar el protagonismo y la creatividad de los docentes y de construir una estructura de apoyo a las escuelas que recojan y difundan o bien logrado y fortalezcan y enriquezcan la práctica docente ahí donde más se requiere. Tendríamos que repensar la escuela como el lugar donde la comunidad educativa –padres y madres, docentes, estudiantes juntos– defina sus propósitos educativos y vigile su cumplimiento, y que cuente para ello con todo el apoyo del Estado. Debiéramos aprovechar la crisis para sentar las bases de un sistema justo, equitativo, respetuoso de la diversidad, pertinente y relevante.

El 6 de junio de 2020, en plena pandemia, se publicó en el Diario Oficial de la Federación el Programa Sectorial de Educación. Aparece seis meses después de lo que marca la ley. Pero lo que más sorprende es que no se refiera a los estragos de la pandemia, ni ofrezca elemento alguno de planeación para enfrentarlos.

Epílogo

Escribo estas líneas dos días después de que se dio a conocer el Proyecto de Presupuesto de Egresos de la Federación. En el caso de la educación, si bien se aumenta el presupuesto en un 3%, el aumento se destina principalmente a becas. Algunas de éstas son universales, por lo que benefician incluso a aquellos que no lo necesitan, como la Beca Universal de Educación Media Superior Benito Juárez, a la que se destinarán más de 33 mil millones de pesos. Para poder financiar estos rubros, se cancelan 14 programas educativos, una buena parte de ellos destinados a la población en condiciones de vulnerabilidad: las escuelas de tiempo completo, la atención a la diversidad de la educación indígena, la atención educativa a población escolar migrante (para hijos e hijas de jornaleros migrantes), por mencionar las que más preocupan. Además, se disminuye en 95% –prácticamente desaparece– el presupuesto para el fortalecimiento de las escuelas normales, con lo que perdemos la esperanza de una mejor formación de nuestros futuros docentes.

La pandemia dejará grandes estragos educativos. El intento de ofrecer educación en estas condiciones está dejando de atender a los de antemano más desfavorecidos y en peores condiciones de aprendizaje. Y la política educativa que se vislumbra para el futuro no solamente no está aprovechando esta crisis para repensarse, sino que elimina la posibilidad de atender diferencialmente, con criterios de equidad, a una proporción considerable de la población. El gobierno ha nombrado su política educativa como una de equidad e inclusión. Nada más lejos de ello que el uso de la educación con fines clientelares.

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