LA JORNADA
Cincuenta y ocho años después, las voces de quienes sobrevivieron a la masacre estudiantil de Tlatelolco se encuentran dispersas entre los edificios del conjunto habitacional, en cuyos departamentos habitan generaciones que llegaron después y que, a decir de los primeros residentes, mantienen una relación cada vez más distante con la memoria del 2 de octubre de 1968.
Los niños y adolescentes que presenciaron aquellos acontecimientos hoy son adultos mayores; algunos se han resistido a abandonar sus edificios y recuerdan con dolor y lágrimas los acontecimientos de lo que fue la Noche de Tlatelolco. Entrevistados por separado, varios coincidieron en una misma reflexión: “el pueblo que no aprende su historia está condenado a repetirla”.
Entre los habitantes más jóvenes consultados por este diario, algunos reconocieron no tener interés en el movimiento estudiantil; uno mostró extrañeza cuando se le preguntó qué se conmemora hoy. En contraste, ayer, turistas caminaban sobre la Plaza de las Tres Culturas para tomarse fotografías frente al monumento donde están inscritos los nombres de quienes murieron durante la represión.
La lucha estudiantil marcó la vida de Delia González, quien con tan sólo 12 años ya se sentía identificada con el Movimiento del 68. Más de medio siglo después, le preocupa que la conmemoración permanezca mientras su significado se pierde entre las nuevas generaciones.
“Hay muchos jóvenes que ni siquiera saben lo que pasó y que son convocados a la marcha sin saber, sin estar informados de lo que realmente aconteció, del pliego petitorio de los estudiantes, de su lucha”, señaló. Para ella, recordar esa época significa conocer episodios como el de la Marcha del Silencio, la que todavía describe como “impresionante”.
Entre los recuerdos de aquella noche, Fernando Bueno evocó los gritos de auxilio de los estudiantes, la sangre y el temor que se apoderó de quienes se encontraban en la unidad. Él tenía apenas seis años cuando presenció los hechos desde el edificio Sinaloa. Años después, como estudiante de la UNAM, se dedicó a reconstruir la historia de los acontecimientos que habían marcado su infancia.
Sentada a la orilla de una jardinera del edificio Javier Mina, Teresa Medina contó que vivió la represión de manera cercana, pues uno de sus primos, Ramiro Reyes, permaneció desaparecido durante dos semanas. Aunque logró sobrevivir después de fingir su muerte al arrojarse sobre la explanada; posteriormente fue levantado por soldados y trasladado en un camión hasta un campo militar, del que consiguió escapar.
Para ella, la lucha social “costó vidas de muchachos jóvenes que fueron estudiantes”. Sus testimonios mantienen viva la consigna que acompaña a Tlatelolco: “2 de Octubre no se olvida”.
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