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El mundo enfrentará un entorno geopolítico y económico particularmente complejo en 2026. Se trata de un año marcado por las elecciones intermedias en Estados Unidos, así como por procesos electorales relevantes en otras regiones, incluida América Latina, en un contexto de elevada fragmentación política y social. Este escenario puede intensificar el giro en la dirección de las políticas públicas estadounidenses bajo la presidencia de Donald Trump en su segundo año de gobierno. Si bien la economía global podría mostrar resiliencia relativa, los riesgos de estanflación, la fragmentación del comercio internacional y una creciente polarización geopolítica seguirán representando vientos en contra para el crecimiento.
Este escenario encuentra a gobiernos y bancos centrales enfrentando desafíos significativos. En muchas economías avanzadas y emergentes, las finanzas públicas requerirán un replanteamiento que implique esfuerzos de consolidación fiscal en un entorno políticamente sensible, como ya se observa en países como Francia, Reino Unido y Japón. Al mismo tiempo, la política monetaria global transita por la fase final del ciclo de relajamiento de tasas de interés en la mayoría de los países. En este contexto destacan los cambios coyunturales y estructurales que enfrenta el Banco de la Reserva Federal, caracterizada por abundante liquidez y primas de riesgo contenidas, lo que obliga a reconsiderar la naturaleza y el horizonte de los riesgos de más largo plazo.
De manera paralela, los tomadores de decisiones siguen evaluando los efectos del choque disruptivo asociado a la inteligencia artificial y otras innovaciones tecnológicas. El debate abarca múltiples frentes, desde las valuaciones de las grandes empresas que cotizan en los mercados bursátiles –y la discusión sobre la existencia o no de una burbuja–, hasta las implicaciones más profundas sobre productividad, desigualdad y cambios estructurales en el mercado laboral. Estos desarrollos plantean tanto riesgos como oportunidades relevantes que podrían redefinir la dinámica de crecimiento global en los próximos años.
Para México, el entorno internacional es particularmente relevante. Por un lado, factores globales podrían seguir apoyando la demanda externa, entre ellos el desempeño de las exportaciones y la IED; por el otro, catalizadores con efectos de una sola vez como el Campeonato Mundial del Fútbol, posibles cambios impositivos dentro del Paquete Económico y, de manera central, la revisión del T-MEC. En este marco, anticipamos un crecimiento del PIB de 1.8% para la economía mexicana, una tasa de referencia de Banxico cerrando el año en 6.50% e inflación general de 4.4%. Hacia el cierre de este año, el índice accionario IPC de la BMV avanzaría a 73,500pts y el tipo de cambio continuaría mostrando un desempeño resiliente.

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