Entre sueños y palabras

  • Un espacio donde no necesitas maleta para viajar
  • Viajar sin maleta

Por: Elizabeth Alejandra Castillo Martínez/Liaaznhy

—Betty, ¿y usted a dónde fue?

La pregunta de mi directora siempre aparecía después de las vacaciones, cuando mis compañeras regresaban con historias de playas, ciudades, hoteles, restaurantes y lugares que habían conocido durante sus días de descanso.

Yo disfrutaba escucharlas. Me encantaba descubrir, a través de sus relatos, aquellos lugares que ellas habían visitado. Nunca sentí envidia ni necesidad de competir. Simplemente las escuchaba y sonreía.

Hasta que llegaba mi turno.

—Huy, maestra… yo me fui bien lejos —respondía.

Una vez había estado en España. Había recorrido sus calles, probado una paella y conocido lugares que, en realidad, solamente había visitado de una manera muy particular: a través de las páginas de un libro.

En otra ocasión, mi destino había sido Egipto. ¡Woooow! Mis ojos seguramente expresaban una luz extraordinaria cuando le contaba que había estado frente a las pirámides, que había recorrido senderos calurosos en camello y que hasta me había entrado arena en los ojos.

La directora me escuchaba con aquella sonrisa amable que siempre la caracterizó, aunque con el tiempo sospecho que comenzó a preguntarse si aquella joven educadora realmente había recorrido tantos kilómetros durante sus vacaciones.

Hasta que un día, sonriendo, me preguntó:

—De verdad, Betty… ¿usted ha viajado por esos lugares?

Entonces le contesté:

—Sí, maestra. Yo viajo más seguido que ustedes. Leo muchos libros y ellos me llevan volando a conocer distintos y recónditos lugares.

Quizá en aquel momento ella no imaginó cuánto significaba para mí aquella respuesta.

Porque yo había aprendido a viajar mucho antes de conocer un aeropuerto.

Tenía apenas nueve o diez años cuando, en cuarto grado de primaria, la maestra Delia, nos pidió escribir un cuento. No sabía entonces que aquella sencilla consigna estaba a punto de abrir una puerta que permanecería abierta durante toda mi vida.

Tomé un lápiz y una hoja en blanco.

Y comencé a imaginar, recuerdo vagamente que se trataba de dos personajes: un trompo y una pelota que se hicieron amigos en un basurero.

No sé si aquel primer cuento era perfecto. Probablemente no lo era. Pero sí recuerdo la sonrisa de complacencia y aquella mirada de satisfacción de mi maestra mientras lo leía, así como la palmadita en el hombro cuando me lo entregó, con una maravillosa letra A en la esquina de la hoja.

Tampoco recuerdo cada una de sus palabras. Pero sí recuerdo algo mucho más importante: la sensación de descubrir que podía crear un mundo que antes no existía.

Desde aquel momento comprendí que las palabras tenían alas.

Con ellas podía viajar sin salir de casa, conocer personas que nunca había visto, caminar por ciudades lejanas, entrar en épocas distintas, vivir otras vidas, enamorarme de personajes, llorar historias que no eran mías y regresar, al final de cada página, siendo un poquito diferente.

Después vinieron otros años, otros cuadernos y otras historias.

En la secundaria obtuve el primer lugar en un concurso Inter escolar. Más adelante, una mención honorífica en Puebla y un reconocimiento especial a nivel nacional con la misma obra. Y con los años, aquellas palabras que comenzaron jugando en una hoja de cuarto grado continuaron llevándome cada vez más lejos.

Pero si algo he aprendido en este largo viaje es que los premios son apenas algunas estaciones.

El verdadero viaje ocurre cada vez que una persona abre un libro, lee un poema, escucha una historia o se permite imaginar algo que todavía no existe.

Por eso hoy regreso a escribir para ustedes.

Y quizá, después de tantos años, sigo siendo aquella niña que tomó un lápiz y descubrió que una hoja en blanco podría convertirse en cualquier lugar del mundo.

Esta vez, sin embargo, quiero invitarte a viajar conmigo.

No necesitas boleto.

No necesitas pasaporte.

Y tampoco necesitas hacer una maleta.

Solo necesitas abrir estas páginas y permitir que las palabras hagan aquello que mejor saben hacer: llevarnos volando.

Bienvenidos a Entre sueños y palabras.

Abróchense los cinturones…

porque aquí, nunca sabremos dónde vamos a aterrizar. 🦋

La familia Sulfo Rico

Por: Elizabeth A. Castillo Martínez

agosto de 2000

Había una vez, en un planeta vecino llamado Elementalísimo, unos seres muy especiales. Eran como gotitas diminutas que flotaban en el aire. Como era un planeta recién formado, sus habitantes todavía eran contaditos: ¡más de cien!

Cada uno era diferente, aunque compartían algunas características. Para identificarse, llevaban impresos en sus cuerpos pelotones unos signos que, para nosotros, los humanos, serían algo parecido a sus nombres.

Les cuento: entre nuestros amigos vivía alguien muy especial. Aunque ellos no podían verlo, sabían que estaba ahí, pues los había ayudado a organizarse y los había acomodado de acuerdo con sus características. También construyó algo parecido a un gran edificio, al que llamó Tabla Per. Ahí vivían todos muy ordenaditos.

Pero ya saben cómo es esto: siempre hay alguien inquieto, rebelde, travieso o enamorado… ¡y Cupido, por supuesto, se hace presente en todos los planetas!

Un día, de Tabla Per salió dando brincos el joven elementalísimo H, mientras decía para sí:

—¡Esos ñeros son bien tontitos! No quieren salir, pero yo me aburro mucho y, además, quiero conocer a otros elementalísimos.

Mmm… ¿a qué nivel iré? ¡Ya sé! Para no perderme, iré muy cerca del nivel 3.

Y así se fue, dando brincos de una ventana a otra, hasta que llegó a la casa del extravagante y presumido O. Él también había decidido salir, pero no iba solo: llevaba a otras tres guaruras que, en sus pelotonas panzas, llevaban impresa su respectiva O.

Cuando iban saliendo, H se escondió y, sin que se dieran cuenta, comenzó a seguirlos.

—¿A dónde se dirigirán? —se preguntaba, intrigado.

Por fin, se detuvieron frente a la casa de la señorita S.

—¡Ufff, qué belleza! —exclamó H al verla.

¡Cupido había lanzado su flecha! Sin pensarlo dos veces, H salió de su escondite y entró con ellos para declararle su amor.

Todos se presentaron al mismo tiempo y, con una sonrisa, le dijeron:

—Hola, guapa. ¿Quieres que formemos un compuesto?

¡Ojo! Olvidaba contarles que, en este planeta, los casorios eran polígamos, por lo que la señorita S, después de echarles un vistazo, no lo pensó dos veces y les dio el sí. Sellaron su unión con un caluroso abrazo elementalísimo en el que sus átomos quedaron unidos. Y aquí sí que la muerte no los separaría… ¡porque habían formado un compuesto químico!

¿Qué les parece si averiguamos lo siguiente?

¿Con cuántos elementalísimos se unió la señorita S?

¿Qué compuesto formaron?

¿Cuál es la fórmula química de ese compuesto?

¿Te digo un secreto? Al joven H siempre lo seguía su hermano gemelo…

Y colorín colorado, ¡este cuento no está terminado! Leo tu respuesta en los comentarios.

Nota final:

Este cuento nació en agosto del año 2000, en una época en la que mi esposo, profesor de química, y yo compartíamos el gusto por buscar formas creativas de enseñar y aprender.

Tiempo después, él utilizó La familia Sulfo Rico con sus estudiantes. Un día me contó que le habían preguntado si podían dibujar la tabla periódica representando a los elementos a través de los personajes del cuento. El resultado fueron dibujos maravillosos.

Aquella experiencia me confirmó algo en lo que siempre he creído: cuando el conocimiento se encuentra con la imaginación, aprender puede convertirse en una aventura que permanece en la memoria.

Todos los derechos reservados de autor.

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