Por María Beatriz Muñoz Ruiz
Se dice que las redes sociales no traen nada bueno, pero el destino me ha mostrado una obra que no conocía y que ha dejado huella en mi alma, me refiero a la pintura de El Brunswicker negro, pintado por John Everett Millais en 1860. Siempre he pensado que, si una obra no te hace sentir algún tipo de emoción, no merece la pena mirarla, simplemente es algo bien pintado, con técnicas perfectas y un elegante o innovador trazado; una casa amueblada a la moda, pero sin el alma de los que la habitan.
Sin embargo, El Brunswicker negro ha dejado mi alma atrapada en sus trazos por unos momentos en los que el tiempo se detuvo. Hay cuadros que no muestran una batalla, pero contienen toda la guerra. No hay cañones, ni sangre, ni heroísmo explícito. Solo un instante suspendido en el tiempo: el momento previo a la marcha. Ese segundo en el que ya se ha perdido algo irrecuperable.
Mientras observaba la escena que se me mostraba en Facebook, escuchaba a Fritz Kreisler en Spotify. Mi mirada se quedó suspendida en el tiempo y mi imaginación pudo ver la escena como si fuera real: un soldado, vestido con su uniforme oscuro, se dispone a marchar. A su lado, una mujer se aferra a él con una mezcla de deseo, miedo y desesperación. Él mira hacia adelante. Ella no puede.
Sus brazos rodean a un hombre que ya empieza a irse, aunque aún esté allí.
Millais no pinta una despedida gloriosa. Pinta una despedida real. La que conocen todos los soldados que parten sin la certeza del regreso. En el rostro del soldado no hay orgullo patriótico, sino una decisión silenciosa. No parece valiente, parece resignado a una partida inevitable. Ama a su país, ama su lucha, pero su dolor no es menor. Y en esa resignación está toda la tragedia del que marcha a la guerra: no porque quiera, sino porque debe.
Entonces pienso en todos aquellos que dan la vida por su país, aquellos que se despiden y nunca vuelven y, sobre todo, imagino a su familia, a esa madre que no sabe si volverá a ver a su hijo, un hijo que mimó y crio con todo su amor. Un último beso de su esposa y de sus hijos, el abrazo que teme terminar, ese abrazo al que se aferran sin saber si será el último.
En la pintura, la mujer que se aferra a él lo sabe. Su gesto no es romántico, es desesperado. No intenta retenerlo físicamente, sino detener el tiempo. Es el abrazo de quien comprende que, una vez cruzada esa puerta, nada volverá a ser igual. Millais la pinta inclinada, casi rendida, sin tener el derecho a negarle que se vaya, pero suplicante y llena de la tristeza que solo entienden las familias de quienes van a la guerra.
Lo que hace que El Brunswicker negro sea distinto a otros cuadros es que no muestra violencia: muestra la cara oculta que pocos ven de las guerras, eso que no se cuenta en los libros de historia ni en las noticias. Nos muestra el precio que se paga antes del primer disparo.
Cuando observas esta obra de arte no puedes evitar ponerte en el lugar de ese soldado. Pensar en la maleta preparada, en la última noche, en las palabras que no se dijeron porque no había forma de decirlas. Pensar en todos los hombres y mujeres que han salido hacia el frente con la sensación de estar cerrando una puerta sin llave para volver.
El Brunswicker negro no trata sobre morir en la guerra. Trata sobre vivir con la certeza de que quizá no se vuelva. Y en esa espera, en ese adiós sin promesas, Millais captura una de las emociones más antiguas y más tristes de la humanidad. Resulta absurdo reconocerlo, pero cuando observé la escena mis ojos se humedecieron. El mundo está en guerra; la vemos aún lejos, pero si llegase a afectarnos y comenzasen a reclutar a la gente joven en un momento determinado, no podría soportar ver a mi hijo en la posición en la que se encontraba el soldado del cuadro.
Mi hijo, al que siempre he protegido por encima de todo, por el que me cambiaría sin pensarlo en caso de peligro, uno de mis tesoros más preciados…
¿Entendéis por qué mis ojos se humedecieron y mi pecho se encogió al ver esta obra de arte? No me gustaría estar en el lugar de todas esas madres cuyos hijos ahora mismo están en el campo de batalla, mientras aquellos que dirigen los países juegan al Monopoly con vidas humanas.
Ojalá todos esos hijos vuelvan a sus hogares y sean abrazados de nuevo por sus madres, porque, sean del país que sean, tienen una madre esperándolos en casa a la que le da igual su país y el de los demás, porque, si fuera yo, entregaría mi alma al mismísimo diablo por salvar la vida de mi hijo.
Muchas veces nos quejamos y sentimos que el mundo es injusto, pero, por suerte, muchos de nosotros podemos ir al dormitorio de nuestros hijos, abrazarlos y darles las buenas noches, o simplemente saber que están seguros, viviendo una vida tranquila en un trabajo sin riesgos.
Y todo esto me lleva a dar las gracias a todos aquellos que asumen esa despedida, a los que saben que, si llegase el caso de ir a la guerra, tendrían que dejar atrás a su familia sin saber si volverían a verla. Mil gracias a nuestro ejército, a esas personas que aman lo que hacen y eligen defendernos, gracias por mantenernos a salvo a pesar de vivir en un mundo putrefacto y desumanizado que tan solo se mueve por intereses, poder y dinero.
Gracias.
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