Lo que creía saber del equinoccio (y no estaba tan mal)

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Por Dr. José Iván Reyes Cabrera, académico de la Universidad Autónoma de Guadalajara (UAG)

Estamos a unos días del equinoccio de otoño. Un fenómeno sumamente interesante, pero en general poco comprendido. Lo creo así porque gran parte de mi vida creí conocer la explicación completa de este fenómeno, sin saber que en realidad no tenía clara su causa exacta.

Esto pasa con frecuencia en la ciencia y, lejos de ser una falla o un vicio, puede verse como uno de los mecanismos que ayudan a que la ciencia explique cada vez mejor lo que pasa a nuestro alrededor.

La traslación de la Tierra alrededor del Sol y la inclinación de su eje de rotación respecto al plano de su órbita son, en esencia, los mecanismos causantes de este fenómeno y, en general, de que existan las estaciones.

Sin embargo, en un principio mi intuición me llevó a creer que la conjunción de ambos fenómenos causaba una variación en la distancia entre la Tierra y el Sol, y que, a su vez, esta variación era la causante de las estaciones. Fue mucho después que un video en internet me hizo caer en cuenta de que, si la distancia fuera la causante, este efecto debería aplicar a ambos hemisferios por igual, cuando en realidad ocurre lo contrario: mientras un hemisferio vive su verano, el otro vive su invierno. Entonces, ¿cuál es la verdadera causa?

El mecanismo principal es el ángulo de inclinación del eje terrestre respecto al plano de la órbita. Seguramente has notado cómo el sol de mediodía en verano quema más que el de invierno. Esta diferencia se debe a que, en verano, un hemisferio queda orientado hacia el Sol, por lo que sus rayos caen de manera más perpendicular a la superficie y concentran más energía, que se traduce en más calor. En contraste, el otro hemisferio recibe los rayos solares de forma oblicua, y esa misma energía se dispersa sobre una mayor superficie, concentrando menos calor. Piensa en el haz de luz de una lámpara: apuntada de frente a una pared, la luz se concentra en un círculo pequeño; inclinada cierto ángulo, esa misma luz se reparte sobre una elipse mucho más amplia.

En esencia, mi intuición sobre el mecanismo general que causa este efecto era correcta; la causa específica, en cambio, era la que tenía errónea. Probablemente, cuando aprendí sobre este fenómeno, mi comprensión se limitó a lo que lograron comunicarme, o a la explicación que en ese momento me pareció más lógica con lo poco que sabía. Este patrón, una comunicación deficiente o una comprensión superficial, alimenta muchas veces un escepticismo mal encaminado hacia la ciencia. Entender que el conocimiento sobre un fenómeno siempre está sujeto a refinarse, y que eso es parte natural de cómo funciona la ciencia, nos ayuda a prevenir esa desconfianza.

Ahora que conoces la causa real, te invito a que hagas el experimento de preguntar a más personas e intentar explicarles el fenómeno de manera precisa. Este ejercicio te hará notar que comprender el mundo rara vez ocurre de un salto: es un proceso de afinar explicaciones incompletas. Reconocerlo no debe generar desconfianza en el proceso; al contrario, es una prueba de que este funciona

El Dr. José Iván Reyes Cabrera es Doctor en Ciencias en Ingeniería Eléctrica. Profesor en la Licenciatura en Actuaría y Ciencia de Datos y director del departamento académico de Ciencias Básicas y Terrestres de la UAG.

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