Por María Beatriz Muñoz Ruiz
- Hoy he tenido que despedirme de algo muy querido, uno de mis bolsos.
Sí, pensareis que es un artículo cómico, pero creo que en el fondo todas las personas han pasado por ese fatídico momento en el que uno de tus bolsos, monedero o cualquier otra prenda, se rompe y tienes que dejarlo ir.
Suena tan materialista… pero es que hay prendas que tienen historia, accesorios que son fotografías de un momento del pasado, y mi bolso lo era.
Lo vi, me enamoré de él y supe que debía ser mío, aún recuerdo haberlo comprado un octubre en el que ya comenzaban a caer las hojas de los árboles y pintar de marrón pálido las calles.
Pero no fue un octubre cualquiera, fue el octubre después de dar a luz a mis mellizos, no fue un bolso cualquiera, fue el bolso que me devolvió la feminidad de una mujer a la que le ha cambiado el cuerpo y la vida de un día a otro.
El bolso que reivindicó que seguía viva tras la batalla, el que gritaba por desterrar esa bolsa enorme de bebé que siempre llevamos las madres a cuestas con el equipaje completo de nuestros hijos “por si acaso”.
Fue el bolso que me devolvió mi identidad como mujer: un pequeño bolso de mano en color camel, con un asa que se adaptaba perfectamente a mí.
La gente pensará que es un simple bolso, pero cuando lo he cogido me ha transportado al pasado, y los recuerdos se han agolpado en mi cabeza como un álbum de fotografías que cuesta cerrar. Porque lo queramos o no, la moda no es solo moda, es parte de nuestra identidad, y cada etapa de nuestras vidas está marcada por ella.
Así que como poeta me he visto en la obligación de darle una despedida como merece y le he escrito unos versos. Y aunque la situación pueda parecer rocambolesca, id a vuestro armario, buscad la prenda más antigua que tengáis y pensad por qué aún sigue ahí a pesar del paso del tiempo y de la limpieza de armarios que hacemos de vez en cuando.
Una última vez tocaste mi mano,
me hiciste sentir poderosa.
Nuestro adiós,
mi despedida,
mi tributo a un pasado,
mi última foto contigo.
Aún recuerdo cuando por primera vez te vi,
nuestras miradas se encontraron,
me recordaste que seguía siendo mujer,
y tuviste que ser mío.
Aún recuerdo el tacto de tu joven piel,
tu otoñal color,
y tu forma de fusionarnos en uno.
Un abrazo y un siempre te recordaré,
parte de mi historia,
parte de mi vida,
y un hasta siempre.
Dolorosa despedida…
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