El cambio climático entra en la jornada laboral: un nuevo reto para la salud en el trabajo

Universitat Oberta de Catalunya

El calor excesivo ya se asocia a casi 19.000 muertes laborales al año en el mundo, según estimaciones de la Organización Internacional del Trabajo (OIT)

En la UE, un tercio de los trabajadores declara exposición a riesgos climáticos como calor extremo, mala calidad del aire o eventos extremos

El aumento de las temperaturas y la duración de las olas de calor, la peor calidad del aire y la mayor frecuencia de episodios meteorológicos extremos están afectando tanto a empleos al aire libre como a actividades urbanas e interiores, al elevar la fatiga y el riesgo de accidentes y problemas de salud vinculados al estrés térmico. Ese cambio obliga a revisar supuestos básicos de la prevención, explica Xavier Baraza Sánchez, director de los Estudios de Economía y Empresa de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC), especializado en prevención de riesgos laborales (PRL).

“El cambio climático no es solo un concepto científico o un debate político; es una realidad cotidiana que entra en los centros de trabajo, impacta en la salud de las personas y obliga a repensar qué entendemos por prevención de riesgos laborales”, señala Baraza.

Según datos divulgados por la Agencia Europea para la Seguridad y la Salud en el Trabajo (EU-OSHA), al menos un tercio de los trabajadores europeos declara estar expuesto a riesgos relacionados con el clima —como el calor extremo, los fenómenos meteorológicos extremos o la mala calidad del aire—, y un 31 % manifiesta preocupación por el impacto de estos riesgos en su salud y seguridad. Las repercusiones se traducen en más costes sanitarios, deterioro de la calidad del empleo y pérdidas de productividad.

Además, el estrés térmico puede provocar agotamiento, golpes de calor e incluso la muerte, según advierte un informe de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), y a largo plazo los trabajadores pueden desarrollar enfermedades crónicas graves y debilitantes que afectan al sistema cardiovascular y respiratorio, así como a los riñones.

El calor deja de ser estacional y pasa a ser un riesgo estructural

El experto en PRL de la UOC explica que “las personas que trabajan al aire libre saben que el calor ya no es el mismo: ahora llega antes, dura más y se intensifica hasta alterar los ritmos, desgastar físicamente e, incluso, poner en riesgo la vida. La contaminación atmosférica afecta a conductores, repartidores y profesionales de servicios esenciales. Y, en muchos sectores, la disponibilidad de agua, la calidad del aire o la irregularidad meteorológica condicionan la organización de las tareas de una forma que habría sorprendido a cualquiera no hace tantos años”.

En efecto, según la OIT, el calor excesivo contribuye a 22,87 millones de lesiones laborales al año y se asocia a 18.970 muertes laborales anuales. Las altas temperaturas crean una combinación de riesgos que puede afectar a un 70 % de los trabajadores en todo el mundo.

El clima ya no es un apartado más en la prevención de riesgos laborales, sino que altera el marco de referencia en el que se evalúan la exposición, la probabilidad y el daño. Lo que ayer era excepcional hoy empieza a ser frecuente; lo que antes podía resolverse con una instrucción puntual ahora exige rediseñar procesos, tiempos, espacios y cultura organizativa.

En materia de riesgos laborales, los modelos tradicionales que se apoyaban en cierta estabilidad climática deben evolucionar al diseño de medidas, formación, control y corrección que derivan de cambios rápidos, extremos e imprevisibles. Es decir, los riesgos ya no son estacionales, sino estructurales. Esta nueva situación obliga a revisar horarios, pausas, hidratación, accesos a sombra o climatización, criterios de carga física y, sobre todo, la capacidad real de parar una tarea cuando los umbrales de seguridad se superan, sin penalizaciones encubiertas. “En definitiva, trabajamos en un planeta con condiciones cambiantes, y la prevención debe aprender a dialogar con esta nueva realidad”, recomienda Baraza.

De la reacción a la anticipación

En paralelo, los fenómenos meteorológicos violentos (inundaciones, tormentas, incendios u olas de calor prolongadas) añaden otra capa: continuidad operativa, evacuación, movilidad y cadenas de suministro. No basta con tener un plan de emergencias genérico; es necesario integrar escenarios climáticos plausibles, ensayar decisiones (parar, reubicar, teletrabajar, limitar desplazamientos) y definir responsabilidades claras. La prevención, en este contexto, debe evolucionar hacia una disciplina de la anticipación.

Estos riesgos crecientes también representan una oportunidad para repensar el modelo económico y laboral. Según el profesor de la UOC, las organizaciones que apuestan por energías renovables, que reducen su huella de carbono o que incorporan principios de economía circular no solo contribuyen a frenar el deterioro ambiental: también tienden a crear entornos más seguros y saludables, y a impulsar innovación y ocupaciones con menor exposición.

En este sentido, la prevención adquiere un papel específico, ya que actúa como puente entre la protección inmediata y la transformación a largo plazo. En términos prácticos, eso implica dejar de “reaccionar” ante riesgos conocidos y empezar a anticipar escenarios: incorporar variables ambientales en la planificación, interpretar datos relevantes y fomentar culturas organizativas que traten la salud como un valor estratégico, no como un coste inevitable.

En esa lógica, la prevención del siglo XXI se mide por su capacidad de integrar tres planos a la vez. El primero, el plano físico: ajustes de tiempos, cargas, espacios, ventilación, protección frente a calor y contaminación. El segundo, el plano organizativo: protocolos de decisión, continuidad operativa, coordinación con proveedores y movilidad. Y el tercero, el plano psicosocial: comunicación clara en episodios extremos, gestión de incertidumbre y prevención de la sobrecarga derivada de trabajar bajo presión en un entorno cambiante.

Baraza remarca también el papel de la formación y del conocimiento aplicado, con el fin de dotar a empresas y profesionales de herramientas con las que navegar por un futuro más incierto. Es, en el fondo, un cambio de mentalidad: si el planeta cambia, el trabajo —y la manera de cuidarlo— tiene que cambiar con él. Si la transición ecológica es justa, planificada y con visión preventiva, puede generar empleo de calidad, impulsar tecnologías limpias y reforzar la salud de las personas y del planeta. “A pesar de la gravedad del diagnóstico, el futuro no está escrito”, concluye Baraza.

 

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