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¿Pasión, Fanatismo o Enfermedad?

Decía el padre del olimpismo moderno Pierre de Coubertin “Lo importantes no es ganar sino competir”. Esa trillada frase que suelen usar a manera de consuelo poco eficaz para los perdedores, es una frase totalmente antagónica a la programación que tiene desde hace miles de años nuestro cerebro: sobrevivir. Quizá la frase debiera ser más cercana a la teoría Darwiniana sobre la sobrevivencia del más apto y así el más apto en una competencia sobrevivirá. Debiera decir entonces “Lo importante no es competir sino sobrevivir”.

Prácticamente todas las especies están en constante competencia para obtener refugio, alimento, reproducirse, dominar la manada, defenderse de depredadores, permanecer con vida. Como seres humanos biopsicosociales, somos mucho más complejos y para nuestro sistema nervioso central, como he mencionado antes en otros artículos, aún somos muy primitivos y estamos perfectamente programados para la sobrevivencia. Ello implica que dentro de nuestra complejidad el trabajo colectivo sea de gran valía para este fin.

La necesidad de dominar a otros en el hombre al parecer lo traemos por naturaleza en nuestra programación intrínseca de seguir vivos. Por ejemplo, nuestros antepasados mexicas a base de cruentas guerras y dominio de la ciencia y las artes compitieron con otras civilizaciones hasta obtener un control casi absoluto por cientos de años, sin embargo ese imperioso deseo constante de demostrar el poder, superioridad y así someter al otro no siempre se expresa con guerra, para ello se crearon los juegos y a su vez las reglas dentro de ellos; así por ejemplo el juego de pelota o tlachtli en náhuatl, que se jugaba en casi toda Mesoamérica se supone tenía el fin de resolver conflictos entre las tribus tales como la propiedad de las tierras, el control de rutas comerciales, entre otros; lo cual nos confirma que el objetivo final de ser el ganador es obtener derechos y ventajas en aquellas actividades orientadas a la sobrevivencia colectiva.

Pero nuestro fascinante encéfalo no sólo conservó estos mecanismos orientados a la competencia en su memoria sino que además les agregó placer, sí, toda actividad que nos permita continuar viviendo conlleva recompensa inmensa de placer, ya sea comer, dormir, el sexo, y por supuesto no podemos omitir la sensación de ganar, triunfar sobre aquellos que compiten contra nosotros, también genera placer. Ya sea ganar una partida de ajedrez, ser el más veloz del mundo o ganarle en fútbol al campeón del mundo en nuestro cerebro generará placer. Un delicioso mensaje químico para continuar viviendo. De ahí quizá viene todo el éxito tan inmenso que tienen todas las ligas deportivas debido a la pasión que mostramos por competir.

En todo el año que no deja de haber fútbol en nuestro país y más ahorita con la pasión mundialista, es interesante ver cuánta gente no sólo se apasiona, yo diría se enajena y enferma si el equipo al que siguen gana o pierde. Usan frases como “nos cogimos al América”, “el Cruz Azul ya es nuestro cliente”, “Nos la peló el Necaxa” etc. Es normal, diría que hasta curioso. Pero ¿Qué hay de estas personas que literalmente sufren y se enferman ante una derrota? Tal cual pareciera que se les va la vida, estallan en ira, muestran una inmensurable intolerancia a la frustración junto con un ambivalente sentimiento de odio y amor al equipo.

Estas pasiones a lo largo de la historia han generado decenas de tragedias en los estadios de fútbol de todo el mundo ligadas a estas expresiones enfermas de los llamados inchas o aficionados fanáticos, basta recordar aquel partido Argentina-Perú rumbo a la eliminatoria hacia las olimpiadas de Tokio 1964 que dejó más de 350 muertos.

Decía el gran filósofo chino Lao Tse “Dominar a otros es fuerza, pero dominarse a uno mismo es verdadero poder”. Lo interesante de observar por ende, es que una gran cantidad de personas con tremendos vacíos emocionales y daño en su autoestima o valor propio desde antes de que conocieran el fútbol, ahora depositan sus necesidades en un equipo de fútbol; tal cual “si la selección mexicana gana, yo valgo, si pierden, no valgo”. Por supuesto no generalizo pero todos conocemos casos que llaman la atención por el sufrimiento que les genera.

Sería fascinante indagar los vacíos emocionales y el cómo los han tratado de compensar depositando sus carencias en el desempeño de un equipo de fútbol aquellas reprobables personas que se pusieron a quemar la bandera alemana tras el triunfo del pasado 17 de Junio, mientras que los alemanes decentemente honraban la victoria de México. Existen individuos que literalmente introyectan un equipo a su psique, de ahí toman su nivel de aceptación ante otros, miden su capacidad de competencia y traducen en éxito personal el éxito ajeno en realidad.

Porque una cosa es sentirse orgulloso del desempeño de nuestros compatriotas y apoyarles y otra cosa es adueñarse emocionalmente de su papel como si fuéramos nosotros los que luchan en la cancha, se lesionan y entrenan para dejar sudor y corazón ante el rival. Eso sí, muy hipócritamente si ganan y traicioneramente si pierden. Debiera ser en las buenas y en las malas ¿O no?

Creo todos tenemos un poco de esto, hay quienes compensan sus carencias en la religión, en portar un arma, en lo caro del auto que conducen o el tamaño de los senos; como decía, está en la naturaleza del hombre el ser competitivo. La gran diferencia se da en cómo se canaliza esa necesidad de competencia y cómo se satisface.

Puedo hacer trampa (el fin justifica los medios diría Maquiavelo) o escoger el esforzarme, ser disciplinado y llegar a la perfección hasta ser el más capaz (lo cual conlleva una gran inversión de tiempo, recursos y repetida frustración), o finalmente optar quizá por la forma más equilibrada y moderadamente económica: doy mi mejor esfuerzo y si no soy el más capaz no lo sufro, me siento satisfecho con mi desempeño y acepto y respeto de cada quien sus capacidades. ¿Qué opción elige usted?